
Mario Arturo Martínez |
Vito Irineo Jarquín tiene 83 años. Todos lo conocen como Marcelino, el nombre que le impuso el cura en su bautizo. Don Marcelino es mezcalero, trabaja en su pequeño palenque ubicado en el pueblo donde nació, La Pila, Miahuatlán, Oaxaca.
Don Marcelino recuerda que su primer acercamiento al mezcal fue cultivando la tierra, aprendió a arar cuando tenía menos de 15 años, desde ese momento hasta hoy no ha parado de trabajar. Tuvo cuatro hijos, dos trabajan con él en la producción del mezcal, Silverio y Eleazar. Marcelino les enseñó a trabajar “les enseñé todo sobre el mezcal, menos a tomar” dice entre risas.

Silverio Jarquín García tiene 51 años, recuerda su infancia acompañando a su padre por las noches en el palenque, “desde que era pequeñito, unos ocho años, aun no podía ayudarlo, pero mi papá me decía: no me puedes ayudar, pero puedes acompañarme, llévate tu cobija y acuéstate sobre el bagazo mientras yo trabajo, y desde entonces así siempre he estado con él, ya más grande comencé a ayudarlo” relata Silverio.
Silverio y Eleazar son la fuerza que mueve el palenque hoy en día, Eleazar migró de joven a estados unidos y apoyó económicamente para consolidar y actualizar el palenque, ahora está de regreso trabajando codo a codo con su papá y su hermano.
La crisis económica derivada de la pandemia actual ha derrumbado las ventas del mezcal, “tres meses pasamos sin vender ni un litro” cuenta Silverio mientras trabaja cortando maguey en el campo.

Sus principales clientes, se encuentran en Miahuatlán y las comunidades aledañas. “Las fiestas patronales, los cumpleaños y demás celebraciones se detuvieron, eso fue lo que más nos afectó, no se vendía” dice Silverio.
Los cierres carreteros como medida de autoprotección de las comunidades contra la covid-19 no afectaron la producción de mezcal, “aquí tenemos todo para trabajar, el agave, el palenque, todo, los clientes fueron los que se apagaron” explica Silverio.
A pesar de las nulas ventas, no han detenido la producción de mezcal, “seguimos igual, lo poquito que sacamos cada año” señala Silverio con la esperanza puesta en que mejoren las ventas, que exista una recuperación económica y ellos estén listos para vender.
Por parte del gobierno no han recibido apoyos, no están afiliados a ninguna agrupación o cámara de mezcaleros, pues se requiere una alta inversión para poder lograrlo nos platica Silverio “nos han ofrecido que entremos, para recibir apoyos, pero para eso se necesita pagar y como no tenemos suficiente maguey no podemos”.

Amanece en “La pila”, Marcelino y sus hijos ya están al rededor del horno trabajando, preparar el horno es un momento muy especial, han esperado varios días para poder encenderlo, las constantes lluvias no lo han permitido, las piñas de maguey ya cortadas y listas esperan a un costado del horno.
El horno es un gran hoyo en la tierra, hecho especial para cocer el maguey, este horno en particular lleva más de cien años sirviendo a la familia Jarquín, El primer mezcalero de la familia fue el bisabuelo de Silverio, sin embargo, este horno fue construido por su abuelo Federico Jarquín cuando Marcelino aún no nacía.
“Mi abuelo hizo el horno, el ya producía mezcal aquí, nada en este horno ha cambiado, aquí jugábamos de niños a darle vueltas” recuerda Silverio.
El horno no ha cambiado y la manera de producir el mezcal en la familia Jarquín tampoco, su proceso es completamente tradicional, desde la siembra de los magueyes, su crianza y el corte, basándose en las fases de la luna, respetando el conocimiento tradicional.
“Tenemos que cortar el maguey en luna creciente, la sazón del maguey es mejor, también su producción, es el punto, bueno esa es la tradición que tenemos, algunos no se basan al efecto de la luna, pero nosotros sí, le tenemos fe al conocimiento de antes” relata Silverio.

Mientras el sol comienza a subir, Eleazar y Silverio llenan el horno de leña, lo hacen de una manera especial que permite que el horno se caliente de manera uniforme, Marcelino por su parte ajusta una antorcha en una vara larga y puntiaguda. Encendido el horno el humo se hace presente inundando todo el espacio, la gran humareda se puede mirar desde lejos.
Eleazar coloca las piedras que se calentarán con el fuego y mantendrán el calor para cocer el maguey, lo hace con destreza soportando la espesa cortina de humo que impide la visibilidad y mengua la respiración.
El horno permanecerá encendido aproximadamente ocho horas, horas de incertidumbre pues las nubes están presentes y puede comenzar a llover en cualquier momento.
El humo del horno se convierte en una señal, poco a poco vecinos y amigos comienzan a llegar al palenque de los Jarquín para ayudar a cerrar el horno, trabajo que requiere de precisión y velocidad, mientras más personas ayuden es mejor.
Entre los habitantes de “La pila” es común ayudarse, ya sea en la siembra, corte de maguey o en el cerrado del horno, esta relación solidaria de trabajo se da desde hace muchos años, “casi no hay trabajadores para pagarles a sueldo, y los pocos que hay quieren ganar mucho y no sale, por eso mejor nos ayudamos entre vecinos, como Julián que también tiene su fabriquita, igual también nosotros los ayudamos y luego ellos nos ayudan y así” explica Silverio.

Julián Jarquín es amigo de Silverio desde niño, son casi vecinos, aprendió de su padre desde que era pequeño, hoy maneja el palenque de su mamá. Recuerda que desde joven aprendió a trabajar solidariamente con los vecinos, considera que la ayuda mutua es lo mejor para sacar adelante el trabajo.
También el trueque es una forma de sobrellevar la crisis económica, lo practican con cotidianidad. “Si no hay dinero le dices a alguien, necesito leña, ¿quieres, te doy mezcal por esa leña? Y se ajusta, cambiamos lo que sea, un chivo, gallinas, guajolotes por mezcal, y es que no hay dinero y uno quiere sus frijolitos para comerlos, entonces hay que hacer trueque, es muy bueno porque el otro se presta y tú también le das lo que quieren.” comenta Julián. En esto coincide Silverio quien ha llegado a cambiar un automóvil por mezcal, entre otras cosas.

A Julián la crisis económica también le ha impactado, sus ventas prácticamente se acabaron, “antes venían a comprar mezcal se llevaban de 50 litros, 20 litros, ahorita con la pandemia ya nada más vienen los camaradas, a comprar medio litro o un litro” apunta. Tampoco ha parado su producción sigue trabajando a pesar de las nulas ventas.
Para lidiar con la crisis los familiares más jóvenes de la familia Jarquín, han diseñado una página de Facebook y han nombrado a su mezcal “sangre de maguey”, buscando en las redes sociales una alternativa para la venta de su mezcal artesanal.

























