Pedro Friedeberg murió este jueves en su residencia de San Miguel de Allende, Guanajuato, a los 90 años. La familia confirmó el fallecimiento mediante un comunicado en redes sociales, sin revelar las causas. «Pedro murió rodeado de su familia, con mucho amor y en paz», señalaron. Con él se va una de las figuras más singulares del arte mexicano del siglo XX: inclasificable, barroco y deliberadamente incómodo para cualquier canon.
Nacido en Florencia en 1937, Friedeberg llegó a México a los siete años junto a sus padres judíos, huyendo de la Segunda Guerra Mundial. Estudió arquitectura en la Universidad Iberoamericana antes de volcarse a las artes plásticas, decisión motivada en parte por su encuentro con Mathias Goeritz. A los 22 años presentó su primera exposición en la Galería Casa Diana, con el respaldo de Remedios Varo. Poco después se integró a Los Hartos, el grupo encabezado por Goeritz que rechazaba el funcionalismo, la razón impuesta y «la glorificación del yo», y que buscaba, en sus propias palabras, «desinflar el arte». Friedeberg firmaba entonces como «harquitecto».
Su pieza más célebre llegó en 1962: La Silla mano, una escultura funcional en caoba donde una palma abierta sirve de asiento y los dedos funcionan como respaldo y reposabrazos. La obra le valió el reconocimiento de André Breton y se convirtió en objeto de culto para coleccionistas como Jeanne Moreau, Roman Polanski y Arnold Scaasi. Reproducida miles de veces, Friedeberg la miraba con ambivalencia: «Mientras traiga dinero la sigo haciendo. Pero me parece una especie de prostitución», dijo. A lo largo de su carrera participó en la Cuarta Bienal de París, la Tercera Bienal Americana de Arte en Córdoba y la X Bienal de São Paulo, y sus obras se encuentran en colecciones que van del Museo de Arte Moderno de Nueva York al Louvre. En 2012 recibió la Medalla de Bellas Artes.


























